También redujo el número de descompensaciones y de trombosis portal venosa
Francesc Martínez - 20/12/2011
Según un estudio italiano presentado en el Encuentro de la Asociación Americana para el Estudio de las Enfermedades Hepáticas (AASLD, en sus siglas en inglés), las personas con cirrosis hepática tratadas con un anticoagulante llamado enoxaparina (Clexane®) podrían obtener beneficios clínicos importantes, tales como reducciones del riesgo de padecer descompensación hepática, trombosis venosa portal, además de un menor riesgo de morir.
La vena porta es un gran vaso sanguíneo que transporta sangre desde el tracto intestinal y el bazo hasta el hígado. En personas con enfermedades hepáticas, tales como infecciones crónicas por el virus de la hepatitis B (VHB) o el de la hepatitis C (VHC), existe un mayor riesgo de aparición de coágulos sanguíneos en la vena porta. Si la vena queda bloqueada, puede tener lugar un incremento de la presión conocido como hipertensión portal, que puede poner en peligro la vida de quienes la sufren.
Se calcula que entre el 8 y el 25% de las personas con cirrosis avanzada sufren trombosis venosa portal, por lo que constituye un problema importante en personas con enfermedades hepáticas avanzadas.
Aunque en algunos estudios retrospectivos –elaborados a partir de registros médicos– se había observado que el uso de anticoagulantes prevenía algunas complicaciones derivadas de enfermedades hepáticas en estadio avanzado, los autores del presente estudio justificaron su realización por su carácter prospectivo -con inclusión activa de participantes y evaluación de una intervención controlada-, ya que sus conclusiones son de mayor calidad que las de origen retrospectivo.
Enoxaparina, el fármaco seleccionado para el estudio, es un anticoagulante inyectable utilizado en el tratamiento preventivo de la trombosis venosa profunda, que conlleva la aparición de coágulos en determinadas partes del cuerpo –principalmente en las piernas- y que pueden bloquear vasos sanguíneos importantes.
Un total de 70 personas con cirrosis hepática avanzada participaron en el estudio y fueron distribuidos aleatoriamente a recibir enoxaparina (4.000 UI diarias) o placebo durante un año, tras el cual se realizó un seguimiento de 12 meses más de duración.
El objetivo principal del estudio fue evaluar si el fármaco reducía el riesgo de trombosis venosa portal, aunque también se evaluó su impacto sobre la incidencia de casos de descompensación hepática, o la supervivencia. En relación a la seguridad del fármaco, se evaluó la presencia de sangrado excesivo, un riesgo importante derivado de la terapia anticoagulante.
El 16,7% de las personas con placebo y ninguna de las que recibieron enoxaparina experimentaron un bloqueo total o parcial de la vena porta durante los doce meses de tratamiento, diferencia que se mostró significativa (p= 0,023).
Durante los 12 meses posteriores al tratamiento se dieron tres casos de coágulos en cada grupo, que, en el caso del grupo con enoxaparina, tuvieron lugar entre 2 y 6 meses después de finalizar la terapia.
Los casos de descompensación hepática fueron significativamente más frecuentes en el grupo placebo (52,7% de los participantes) que en el grupo con el fármaco (11,7%) (p= 0,0007). Incluso tras el fin del tratamiento, las tasas de descompensación continuaron siendo significativamente superiores en el grupo con placebo.
La supervivencia fue también significativamente superior en el grupo que recibió enoxaparina.
En relación a la seguridad, no se dieron casos de sangrado excesivo con el fármaco. A la vista de la eficacia de enoxaparina en parámetros tan importantes como la supervivencia, los casos de trombosis venosa portal o las descompensaciones hepáticas, debería ser un fármaco tenido en cuenta en casos de enfermedad hepática avanzada.
Fuente: Aidsmeds.
Referencia: Villa E, Zecchini R, Marietta M, et al. Enoxaparin prevents portal vein thrombosis (PVT) and decompensation in advanced cirrhotic patients: final report of a prospective randomized controlled study. 62nd Annual Meeting of the American Association for the Study of Liver Diseases (AASLD 2011). San Francisco, November 4-8. 2011. Abstract 120
No hace falta buscar demasiado. Están en todas partes. Es la vecina, la secretaria, la abuela. También el tío segundo, el profesor o el amigo. Llevan treinta años en su sitio. Donde había que estar. Eso tan difícil.
En treinta años, el sida ha matado a más de 25 millones de personas en todo el mundo. Desde siempre el virus ha clavado sus zarpas más largas en África. Ha roto familias, castigado comunidades y consumido aldeas enteras. Sin embargo, el continente sigue en pie, porque África está llena de héroes. Ese tipo de héroes que ni tan siquiera sospechan que lo son. Del tipo de los imprescindibles.
Seguramente nadie diría que Agnes Bebe, de Bulawayo (Zimbabue), lo es. Nadie se imagina a una heroína con arrugas, los brazos fláccidos y un dolor de espalda que doblaría un baobab. Pero Agnes lo es. Tiene 80 años y cuida de un nieto y dos bisnietos. Los padres del mayor, de diez años, murieron de sida en el 2002. El segundo, de ocho, es huérfano de padre y su madre se fue a Sudáfrica a trabajar. No sabe más de ella. El pequeño, de cuatro, apareció una mañana cuando apenas tenía tres meses. "Mi hijo (su padre) murió de sida y alguien trajo al bebé en furgoneta; me lo dejaron en la puerta como si fuera una carta", cuenta. Agnes es de esas ancianas tan dignas que les basta una mirada para dejarte claro que no se van a rendir.
–¿Cómo es su vida?
–Es difícil.
Y no se extiende más.
Otra heroína, Caroline Mpofu, le tira de la lengua con complicidad. Caroline es de esa raza de trabajadoras sociales que llaman a todos por su nombre, se lleva problemas de vecinos a la almohada y vuelve al día siguiente para ver qué más se puede hacer. Es de esas personas que deslizan discretas un billete de su bolsillo a un par de huérfanos para que ese día puedan comer. Caroline conoce de sobras a Agnes, pero le pregunta para que explique ella.
La anciana lava la ropa de los vecinos, que le pagan lo que pueden –y lo que no tienen también– para que alimente a los niños. "A ver hasta cuándo me aguanta la espalda", dice Agnes.
En toda África hay miles de ancianas que cuidan a los hijos de la generación que ha sido aniquilada por el sida. En Zimbabue hay un millón de huérfanos. En Sudáfrica, dos. Nadie cuenta a las abuelas del sida.
Pero cuando Agnes no esté, estarán sus vecinos o mujeres como Caroline. Es habitual escuchar que en África la vida vale menos, que la reacción ante la muerte es diferente. Que la vida es barata. Quizás lo cierto sea que la vida es cruda. Y con el puñetazo del VIH, aún más.
Pero aunque parezca un contrasentido, la amenaza del sida también ha sido una oportunidad: ante la tragedia se ha tejido una red social espontánea y solidaria que recupera lo mejor de la tradición comunal africana.
Millones de abuelas, vecinas, amigos o voluntarios arriman el hombro para cuidar a enfermos y huérfanos o educar para que el virus no se siga expandiendo en su barrio.
La lucha contra el sida está en el punto más importante de su historia. El mayor acceso a tratamiento evitó 700.000 muertes el año pasado, y en 22 países de África subsahariana las nuevas infecciones se han reducido hasta un 25%.
No obstante, el peligro sigue acechando. La crisis económica ha diluido las donaciones, y existe el riesgo de volver atrás justo cuando se soñaba con derrotar al virus. Por primera vez en la historia, el Fondo Global para la Lucha contra el Sida anunció a principios de mes que debía recortar recursos y no podría ampliar programas a nuevos infectados.
No es una guerra ganada –con 7.000 nuevos casos de infectados diarios, no puede serlo–, es una guerra que se puede ganar. En algunos de los países más afectados del mundo como Botsuana, Sudáfrica o Suazilandia, ya ofrecen tratamiento a más del 80% de los afectados, y el cambio apunta adonde siempre ha sido más difícil: la mente del hombre. Desde hace una década se sabe que la circuncisión reduce un 60% el peligro de contagio de VIH, y el año pasado se practicaron 350.000 circuncisiones voluntarias en ocho países africanos.
A Mantshadi Moralo esas cifras le suenan a novena sinfonía de Beethoven. Esta mujer lleva combatiendo contra el virus prácticamente media vida. Al principio, luego de sacudirse el terror a aquel asesino silencioso y desconocido, aprovechaba los entierros para explicar a sus vecinos de Soweto, en Sudáfrica, como protegerse del sida.
Más tarde se convirtió en su día a día. Es enfermera, pero sería más ajustado llamarla mamá. Ayuda a todo el barrio. "¿Cómo no voy a ayudar? –explica con naturalidad–. Sé cómo hacerlo. El sida está en todas partes, y hay que hacer algo".
Cada semana se pone al frente de un grupo de mujeres que se dedican a visitar a los infectados, les recogen y lavan la ropa, les escuchan y les lleva comida cuando tienen. Y lo mejor es que Moralo no es una excepción. Miles de africanos han reaccionado con dignidad y sentido comunitario para afrontar la epidemia. Simplemente, porque había que hacerlo.
A veces, aunque cueste casi todo lo que uno tiene. Moralo, por ejemplo, no cobra desde hace cinco meses. Todo el dinero que nutría su proyecto –y que estaba sufragado mayoritariamente por Cruz Roja española– se secó, y ahora trampea como puede. Pero no va a abandonar.
–¿Hasta cuándo seguirá así?
–Hasta siempre. No es el dinero lo que me impulsa. Siempre he sabido que de enfermera en un hospital ganaría más.
–¿Por qué lo hace?
–Porque el sida ha matado en mi familia, en mi comunidad, en mi barrio y me gustaría que no matara más.
–¿Y cree que llegará ese día?
–Lo sé desde el día que empecé a luchar.